Un niño de cinco años asegura que no mojó los pantalones. Su madre, molesta, le responde: “Has mentido”. El pequeño temía el castigo, pues ya había recibido una advertencia: si volvía a orinarse, recibiría una sanción. Así, sin darse cuenta, ese niño comenzó a aprender algo que muchos adultos practican con maestría: mentir para evitar consecuencias.
El origen del hábito
Desde temprana edad, la mentira surge como un mecanismo de defensa ante el miedo. Negar haber escondido un juguete o culpar a otro por una travesura son ejercicios tempranos de lo que, más tarde, puede convertirse en un patrón de comportamiento: engañar para obtener gratificaciones o para protegerse.
Los códigos familiares, morales y religiosos enseñan que mentir es un pecado o una falta ética, pero la práctica demuestra que muchos aprendemos a hacerlo como una estrategia de supervivencia emocional.
La mentira como fenómeno social
Vivimos en una era donde la verificación de la verdad se ha vuelto parte de la rutina. En los medios de comunicación, como la radio, televisión o redes sociales, más de la mitad de las afirmaciones que circulan contienen datos falsos o distorsionados.
Pedir perdón o justificarse ante un “ser superior” se convierte, entonces, en una forma simbólica de aliviar la culpa que genera la mentira.
Mentiras piadosas y falsos amores
Las promesas incumplidas también son una forma de engaño. “Yo daría mi vida por ti”, dice un pretendiente a quien sabe que su amada está enferma. En los boleros, los tangos y las rancheras, las declaraciones amorosas suelen estar cargadas de ilusiones imposibles y promesas quiméricas.
En las relaciones sentimentales, la mentira a menudo se viste de protección o conveniencia. La infidelidad, el disimulo o la omisión se convierten en parte del guion de la vida cotidiana.
La mentira política
En la política, el engaño se disfraza de discurso. Las promesas que alimentan la esperanza ciudadana rara vez se cumplen, pero mantienen viva la ilusión. La mentira es parte esencial del discurso persuasivo, una herramienta para convencer, manipular o sostener poder.
¿Quién miente más?
¿Mienten más las mujeres o los hombres? La respuesta sigue abierta, aunque quizá no se trate de una cuestión de género, sino de humanidad. Mentir, al final, parece ser una forma de navegar la realidad, de protegernos de la culpa o de mantener las apariencias.
“Mentir es de humanos”, se dice con frecuencia. Y quizás sea cierto. Pero reconocerlo también debería impulsarnos a buscar la verdad, incluso cuando duela.
Por: César Mella
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