Eco Articulista

La Reforma que aún no termina: redescubrir la Biblia como centro de la fe y la vida cristiana

Por Félix Caraballo

Han pasado 508 años desde aquel 31 de octubre de 1517, cuando Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg.

Aquel gesto sencillo —pero profundamente subversivo— dio inicio a un movimiento que no solo reformó la Iglesia, sino que transformó la conciencia espiritual, cultural y política de Occidente.

La Reforma Protestante no fue una simple fractura institucional. Fue una revolución teológica que devolvió a la Biblia su lugar central como fuente de autoridad, verdad y vida para el pueblo de Dios. Uno de sus pilares fundamentales fue el principio de Sola Scriptura, la afirmación de que la Escritura es la única norma de fe y práctica.

Este retorno a la Palabra no nació de un interés académico, sino de una urgencia espiritual y profética: la necesidad de escuchar nuevamente la voz de Dios por encima de las tradiciones humanas, las jerarquías autorreferenciales y los sistemas de poder religioso que oscurecían el Evangelio.

Hoy, cinco siglos después, ese llamado sigue vigente. En medio de una cultura saturada de opiniones, ideologías y espiritualidades superficiales, volver a las Escrituras no significa mirar con nostalgia al pasado, sino recuperar el corazón del cristianismo: una fe viva, que nace del encuentro con el Dios que habla, transforma y envía.

Más que un principio doctrinal, la Reforma del siglo XVI fue un movimiento integral que redefinió la fe y la vida comunitaria. Proclamó una teología de la gracia, donde la salvación es un don inmerecido; reivindicó la libertad cristiana, que libera al creyente de todo yugo legalista o eclesial; y estableció el sacerdocio universal de los creyentes, recordando que todos somos ministros llamados a servir y proclamar la Palabra.

Pero, además, la Reforma introdujo una visión misionera y profética de la Iglesia: una comunidad siempre en proceso de reforma, comprometida con la justicia, la verdad y la dignidad humana. Una Iglesia que no busca predecir el futuro desde el presente, sino denunciar los males de su tiempo y actuar como conciencia moral en medio de una sociedad en descomposición progresiva.

Volver a las Escrituras, entonces, es volver a escuchar, volver a obedecer y volver a reformar. Porque la verdadera Reforma nunca terminó: sigue viva en cada creyente y en cada comunidad que se atreve a dejarse confrontar por la Palabra que todo lo cambia.

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